Pereira. 7,4.

Hoy volví a recorrer las calles de Pereira.
Extraño.
Como de posguerra.
Casi apocalíptico.
Post terremoto.
Por donde uno vaya encuentra una casa, un edificio, un muro caído.
Y aun así, las calles vuelven a estar llenas de vida.
Durante la pandemia hubo palabras que se volvieron omnipresentes.
Una de ellas fue resiliencia.
Seguramente volverán a usarla ahora.
Pueblo resiliente, dirán.
A mí se me viene otra cosa a la mente.
“Con el agravante de ser salvadoreño”, decía un poeta de mis tierras.
Nos cayó un terremoto.
Y tanto se cayó, quizá, por el agravante de ser latinoamericanos.
Por vivir en lugares donde demasiadas veces se negocia con lo esencial.
Donde normas pensadas para proteger vidas pueden terminar convertidas en simples recomendaciones estructurales.
Ojalá esta tragedia sirva para cambiar muchas cosas.
Para enderezar estructuras, pero también mentalidades.
Y, a pesar de todo, florece la solidaridad. Florece el amor.
“Solo el pueblo salva al pueblo”, dicen.
Y tienen razón.
Una vez, durante un atentado terrorista que viví en Francia, la gente cantaba La Marsellesa.
“Porque el Estado nos acoge y nos protege”, me dijo entonces un amigo.
Aquí, el Estado te puede coger, pero con la significación que en mis tierras dan a este verbo.
Quizá por eso, desde mis otras tierras, las europeas, a veces cuesta entender lo que ocurre de este lado del mundo.
Lo sola que puede quedar la gente cuando todo se derrumba.
Aunque no del todo.
Porque, una vez más, el pueblo salva al pueblo.
Y eso es lo que mantiene viva la chispa.
La vida, la comunidad.
El señor que, frente a una ciudad herida y entre montañas de escombros, sigue gritando que los tomates están maduros.

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