Probablemente el día que pierdes lo más sagrado que como individuo tienes, te das cuenta de su importancia. De su carácter invaluable.
Me han pasado tantas cosas en mi vida, que a veces pareciese más de una he vivido.
Algunas veces creo incluso que una parte de mis andanzas ni siquiera fueron reales, pero estoy en un punto que no sabría más decir cuál lo fue y cuál no. Algunas personas andan gritándole al mundo los sorprenda, yo por el contrario, me la paso diciéndole que deje ya de sorprenderme.
Corría el inicio del 2021 y el fin de la pandemia, cuando volví a tomar un avión. De casi 2 años de respiro (y respiro al planeta) me dirigí en un vuelo de París hacia Ciudad de México.
En el avión como mucho íbamos unas 10 personas. El mundo se estaba volviendo a abrir, pero no como antes lo conocíamos, sino más bien remembrando pasados absurdos de fines de guerras. Casi post apocalíptico. El panadero a quién le compraba mi pan en Burdeos cada domingo fumaba al interior de su panadería, y la chica de aduanas llegando a México quería su mordida. Y no entendí. Pero como iba a entender? A quién le piden mordida en un aeropuerto? Obviamente se me escapó el hecho de estar viviendo un era con aire de Mad Max.
“Lo vamos a tener que deportar”, “sus papeles están en regla pero no puedo dejarlo pasar porque tiene el mismo nombre que un criminal”… y así, las excusas desfilaban una tras otra. Y yo sin captar, sin entender, que como bien lo dicen en México: el que no muerde, no come. Y ella quería comer.
Y mi tiempo de comprensión pasó. La chica se molestó y mandó el sellito en mi pasaporte que me autoriza entrar a su país, a la chingada.
Me negaron la entrada al país. Y a quién le niegan la entrada, lo deportan. Pero para deportarte debes esperar un vuelo, y mientras tanto te tratan como a un criminal. Te meten a una cárcel en el aeropuerto. Y como era COVID, cómo te haces la prueba PCR en una zona sin aduana para volver a subirte al avión?
“Quítese el cinturón, y las agujetas…” ante mi cara de asombro, el policía remató “… por eso de los ahorcados, o los suicidas”.
Primera lección: siempre viaja con zapatos sin cintas.
Me dieron una llamada. Mi llamada. Y como nunca dejo de sorprenderme, en estos momentos tengo unos dejos de lucidez por demás impresionantes (debe ser el instinto de supervivencia): no le llamé a mi esposa, ni a mis padres, ni a mi hermano… le llamé a mi tía que es diplomática en México.
“No le vamos a contar a tu familia por el momento…” me dijo, “…y tengo que sacarte rápido, porque si no te mandan a las Agujas.” Finalizó.
Me quitaron todas mis pertenencias. Y me dijeron tenía derecho a quedarme con una sola. Negocié dos. A la gente sin principios por principio se les negocia todo. Me dejaron entrar con mi termo para el agua y el libro que estaba leyendo.
Entré a la celda y experimenté sin lugar a dudas el peor sentimiento que he tenido en mi vida, cuando el guardia cerró la puerta: me privaron de mi libertad.
Habían camarotes. Nadie usaba mascarilla. No había gel hidroalcohólico y unos brasileños hacían pechadas sin camisa. Parecía los habían contratado para intimidar a los recién llegados. Un chileno lloraba mientras decía no era un criminal, que si tenía récord judicial era por haber manifestado contra una derecha fascista. Entró un pandillero. Pedíamos la hora y nos la negaban. Es una verdadera tortura.
Leía con mucha prisa mis Versos Satánicos. Quizá Rushdie me salvó de cualquier agresión: quién quiere acercarse a un satanista?
Se acercó el chileno. Me pidió si podía “verlo” mientras dormía. Y que él haría después lo mismo conmigo. Me tomó un tiempo entender que era una forma de montar guardia para salvarse las dignidades respectivas.
No comíamos. No nos daban de comer. Esto le correspondía a la compañía aérea nos decían. No era responsabilidad de ellos alimentar “criminales”.
Pasé 23 horas en ese maldito recinto. Pasadas las 23, llegaron unos policías y me llamaron, disculpándose por “el error”. El malentendido. 23 horas de terror que de haber sido 72 hubiese podido significar el fin de mis días en las Agujas (la gente contaba unas historias de terror de esta cárcel del DF que realmente muy pertinente resulta te quiten las cintas). Llegaron con mi tía al teléfono. Cuanta gente tiene familiares diplomáticos? Qué será de aquellos que no los tienen? Quién vela por ellos?
Mis amigos, colegas, proveedores hasta habían creado un grupo de WhatsApp: Ángel en prisión. Me llamaron:
– Estás bien?
– Si
– De verdad ?
– Si
– Seguro?
– No me violaron, tranquilos.
Cómo se puede amar y odiar al mismo tiempo y con la misma intensidad a alguien, a algo? Hay lugares con los que me pasa, algunos por lazos más fuertes que mi propia existencia, como el caso de El Salvador. Y otros como México porque… como no se le va a querer a este pinche país tan lindo y querido?
Pues al final como me dijo mi amigo mexicano: avísanos cuando te sientas ya bien… así te hacemos memes. Y otra mancha más para el Ocelotl.

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